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sábado, 15 de octubre de 2011

Los Muchos Libros 14 Scribd

lunes, 20 de junio de 2011

Los muchos libros 2

Los Muchos Libros 2

viernes, 13 de mayo de 2011

La dominicanidad fundacional y La Mirada Del Otro

martes, 16 de marzo de 2010

Un nostálgico de la Era de Trujillo




¿ES EL SECRETARIO DE CULTURA LANTIGUA UN
NOSTÁGICO DE LA ERA DE TRUJILLO?

[Y para esa época no debe existir

nunca ni un gramo de elogio ni una pizca de simpatía

jrl, 2010]

[Para dolor de todos y de la historia, todos los atributos de este hombre excepcional (Trujillo) se vinieron prontamente abajo]

jrl, 1996]

Miguel Ángel Fornerín
fornerin.blogspot.com

Me he quedado sorprendido por el artículo que publica el semanario Areito del cotidiano Hoy del pasado sábado 7 de marzo. Al terminar la entrevista que la apreciada periodista Ángela Peña realizara al historiador don Emilio Cordero Michel, uno de los familiares de las víctimas de la tiranía trujillista, éste se lamenta de las acciones que las autoridades no realizan para contener el falseamiento de la Historia y la nueva vejación a la memoria justa a la que tienen derecho las víctimas y familiares, motivos que tuvieron los primeros legisladores de la Libertad para prohibir el enaltecimiento público de la figura del déspota y sus acciones.

La sorpresa la recibo también al leer el artículo del licenciado José Rafael Lantigua, ensayista ortegunino y autoproclamado, “estudioso de los temas” sobre el trujillismo. Parece que el artículo del Secretario (ahora ministro) fuera una respuesta a la crítica del historiador. En la recensión del libro de Angelita Trujillo, reina de la Feria de la Paz, la Confraternidad del Mundo Libre, el Secretario dice que todo intelectual debe leer el libro de la hija del dictador y luego termina diciendo que es un libro fallido que no merece la atención del lector. (Nunca había leído nada sobre “libros fallidos”, sí de Estados fallidos. Tal vez quiere decir, que no logró su cometido, lo que nos deja inferir que el autor conoce los planes del que escribió el libro). En verdad, la pieza del Secretario es una lástima, igual que libro de Angelita. Me explico: es asombroso que un funcionario de su categoría y miembro de la Academia de la Lengua se invente la palabra “hilación” que no existe en el diccionario; tal vez quiso decir el ensayista orteguino “ilación”, es decir, que en el libro referido no existe un orden discursivo. Mucho más se puede decir de su desaguisada reseña.

Dediquémonos a lo medular. Porque es que hay muchos bultos, en su defensa. Hay muchos olvidos, reticencias e imposturas. Dice el Secretario que no puede prohibir el libro de Agelita porque es fundamento del orden democrático que todas las ideas fluyan en el país, pero que no se debe hacer ni una pizca de elogio al Dictador. Olvida el licenciado Lantigua que fue él precisamente quien dijo en su libro La conjura del tiempo, memorias del hombre dominicano, que Trujillo era un hombre dechado de probidades. En el apartado “Trujillo: en elogio de sus virtudes” escribe el actual ministro del gabinete Fernández: “era pues, el Jefe, como soldado un ser hecho para hacerse obedecer. Y, era también el Jefe, como gobernante, un ser de conformación personal subyugante, dueño de una “dignidad majestuosa”, que obligó a casi todos los dominicanos a mezclar en su admiración por el líder, respeto, temor y simpatía”(88).

El verbo de Lantigua repite los estereotipos de los trujillistas y los asume como propios. Noten el sentido de “dignidad” y la “majestad” de un abigeo, violador de doncellas y asesino de sus adversarios. ¿No constituye esto un elogio al Dictador? Lean lo siguiente: “…Trujillo imantaba con su recia personalidad, su galante y recta compostura física, mientras sus ademanes se repartían con austeridad cuando saludaba o reía o charlaba, o cuando mantenía su mirada penetrante, casi hiriente sobre sus súbditos temerosos que acabaron por entender, zoquetonamente, que tantas cualidades reunidas en un solo hombre sólo podían ser consumidas como una ofrenda de la Divinidad a un pueblo maltratado y avasallado desde sus propios orígenes” (89). Enjuicie Ud. la visión del dominicano como súbdito y zoquete que expone el actual ministro. Pero hay mucho más. Olvida el Secretario que la virtud, de acuerdo a la ética aristotélica es un camino para lograr en estado de pureza que los escolásticos llevaron como una vía de encuentro con Dios. ¿Cómo es posible que un Secretario de la cultura entienda que Trujillo tenía semejantes dotes y luego venga a decirnos que no hay que alabar a Trujillo, si él ha escrito su “elogio”?

Encarecimiento que llega al colmo: “Pero, al margen de sus encantos personales, Trujillo aunó otras virtudes que le sirvieron para sostenerse sin mayores tropiezos, por lo menos, durante los primeros veinticinco años de su régimen. Fue seductor: Enervaba a los hombre volviéndolos pusilánimes y obsecuentes hasta la decrepitud, y concitaba simpatías alocadas en las mujeres, muchas de las cuales se les ofrecieron sin tapujos, en algunos casos con la asqueante algarabía de padres irrefrenablemente perversos” (89). Pienso que este juicio no es correcto; no puede ver Lantigua en la mujer dominicana su valor de luchar contra la dictadura. No reconoce el martirio de las hermanas Mirabal ni de decenas de luchadoras por la libertad como Carmen Natalia y Maricusa Ornes. Creo que esas palabras sirven para comprender más al Secretario que a Trujillo. Lo que el Sátrapa conseguía no era producto de la fuerza que ejercía su ensalzada seducción y sus virtudes ni de la abyección de los otros. En fin, para José R. Lantigua Trujillo era virtuoso, el pueblo era abyecto y las mujeres locas desenfrenadas se entregaban al macho dominicano. La seducción de Trujillo era así par ambos sexos. Trujillo de solo mirar a hombres y mujeres los convertía, por arte de su mágica seducción, en pusilánimes y obsecuentes, es decir sumisos.

Dice José Rafael Lantigua que Trujillo como patriota fue anti-haitiano, como si para ser patriota había rechazar a Haití. Es Lantigua de los pocos que hoy día afirman que Trujillo era un patriota que buscaba continuar la obra de Duarte. Otro planteamiento inconcebible es afirmar que para ser patriota es dable ser anti-haitiano porque Haití es una espinita en la espalda de la nación dominicana. ¿Quién le ha dicho al Secretario que la existencia de Haití es un problema para el país? ¿No se trata de un problema de convivencia sino de existir o no existir para el historiador y sociólogo Lantigua? Otro asunto que el Secretario esboza es que la matanza de los haitianos era reprochable, pero el hecho en sí ayudó a solucionar o a contener un problema grave, como la inmigración ilegal de haitianos. En consecuencia, ¿debemos entender, que los métodos son censurables, pero el resultado es bueno? ¿No es lo mismo que aseverar que los crematorios nazis eran malos, pero ayudaron a limpiar el mundo de judíos? Aquí va la cita completa. Escribe José R. Lantigua en torno a la matanza de haitianos: “Nunca antes, ni después, la defensa de nuestra mal llamada identidad nacional, estuvo mejor guardada y respetada, produciéndose un viraje en las relaciones dominico-haitianas, históricamente siempre en debate, al influir en la política doméstica del vecino país y no aquellos en la nuestra”(92). Después de estos elogios me pregunto ¿qué relación tienen sus ideas con los actos de enaltecimiento del Dictador que hemos vivido en los últimos años? Durante su incumbencia se han realizado eventos de rehabilitación del trujillismo, como el que ocurrió en San Cristóbal y el premio a la nieta del sátrapa. Ahora quiere ponerse delante y decir, lo que se debe o no hacer con el libro de Angelita.

En su ensayo de marras, dice el licenciado Lantigua que Trujillo no fue el culpable de los actos de terror que vivió el país, sino sus funcionarios. Interesante. Es lo mismo que se decía de Balaguer y de Hitler y de otros dictadores más cercanos. Cree Lantigua apoyándose en J. Gimberdard que: “La altitud de metas de las ambiciones de este hombre insólito que impuso su concepción de su República Dominicana y fabricó un país vigoroso en el cual las históricamente establecidas y habituales expresiones de inferioridad, pobreza e imponencia nacionales fueron prohibidas –tácitamente- por ese hombre que fabricó un país con una mayor confianza obligada en sus potencialidades, en el lugar en que antes había una vasta aldea esfuminada por viejas tristezas de viejos abandonos y viejos menosprecio” (94). ¿Apoyar estas ideas no es una forma de encomio al trujillismo?

¿Cómo se retrata mejor el Secretario de Cultura, en su discurso de elogios y condenas o en la cita del reconocimiento que hace del otro o en estas tristes y deplorables palabras? “Para dolor de todos y de la historia, todos los atributos de este hombre excepcional se vinieron prontamente abajo” ¿Cómo? Quiere decir ¿que todos los dominicanos se sintieron adoloridos por la muerte de Trujillo o por la decadencia de su dictadura? Y que ha sido infausta nuestra historia porque se cortó su presencia y nos ha dejado huérfanos en este mundo de tinieblas, el hombre “excepcional” y “galante macho dominicano”? ¿Eso es Neotrujillismo o estamos soñando! No deja de ser claro este ensayista orteguino cuando endilga a los malos consejeros de Trujillo las torturas y los asesinatos de los últimos años de la Era: “Acabaron enloqueciéndolo, cegándolo, fastidiándolo con incriminaciones pertinaces para eliminar contrarios, iniciar aventuraras extramarinas, llevarle a cometer fechorías más crueles que aquellas con las que abrió su mundo de poder en agosto de 1930, y terminar sumergiéndolo en el oscuro drama que culminó el 30 de mayo de 1961”(95).

No es esa la misma argumentación de Angelita Trujillo. ¿Su padre no actuó; no sabía? Otros hicieron por él. La culpa es de Johnny Abbes García, de su entorno; de la SS? A Trujillo, según Lantigua, hay que llorarlo y reverenciar sus virtudes y sus condiciones excepcionales. Los malos son los otros. Es el suyo un discurso que busca castigar a los “súbdito” y absolver al amo.


¡Dios mío, ese es el secretario de Cultura del PLD; cuánto ha cambiado el partido de Juan Bosch!

Pero volviendo a su reseña, dice de forma poco feliz y menos edificante, que no sabe cuál es el propósito del libro de Angelita. ¿Pero, no se vanagloria de ser un “estudioso” de los temas del trujillismo, aunque, claro está, esa es una pose porque el Secretario sólo ha publicado un libro donde trata el tema, sin uso de fuentes originales, resumiendo lo que dicen otros y tomando fuentes sin ningún valor ni documental ni de autoridad sobre la época. Pero yo lo entiendo. Su conocimiento de la Historia como disciplina es prácticamente nulo. Tal vez por eso el proyecto de escribir la nueva historia que se gestiona en Palacio no está en sus manos.

Asegura el licenciado Lantigua desconocer lo que pretende Angelita con su libro. No tiene que ir más lejos. Secretario, quiere ganar unos centavos con su único trabajo --que sepamos-- remunerado, como bien escribiera el esclarecido periodista Pablo MacKinney. Y más allá, el secretario como historiador debería saber que el PLD está en alianza con el PRSC que ha sido el partido de los neotrujillistas. De gente que como Angelita Trujillo creen que el tiempo de su reinado es mejor que el actual.

Pero esta afirmación de la hija del sátrapa sí debe preocupar a los estudiosos verdaderos y no sólo a los políticos acomodados y a los trásfugas que realizan pactos con el pasado ominoso que ha vivido la Republica. Y es que la política de la posdictadura ha sido la del enriquecimiento de la oligarquía compromisoria con el trujillismo. Hay un doblez que se enarbola en el antitrujillismo de muchos de esos “opinadores”. Y esa falsedad consiste en endilgarle a Trujillo todo los problemas dominicanos cuando en verdad los gobernantes que hemos tenido después, exceptuando a Juan Bosch, no han sido más que trujillitos de poca estatura. Bien lo sabe el Secretario quien ha desarrollado una vida “cultural” junto a quienes usan las mismas prácticas del clientelismo y la sumisión política a través de las dádivas y el bien uso para asuntos personales de los bienes del Estado.

Sobre esto puede dar cátedra el Secretario Lantigua. Si Angelita se queja al decir que hoy los detractores de su padre no están a la altura de las acciones “buenas” del Brigadier, se debe a que los actores de la posdictadura no han actuado a la altura de lo que la nación dominicana espera. Este es un asunto que no se debe eludir. Pero el Secretario lo ve de forma muy problemática y como si se dirigiera a sus empleados dice que viren la página, (“no toquemos más esa tecla”) que hay mucho por hacer. En otras palabras: “Es pa’ lante que vamos”. No miremos debajo de la alfombra. Con esta misma actitud de “borrón y cuenta nueva”, la memoria histórica dominicana ha quedado obliterada.

Claro que las imposturas podrían ponerse en vista. A eso le teme el Secretario. A los amarre de aposento con los neotrujillistas que él cita en su libro y a su manera de excusar un régimen de oprobio. La verdadera tarea no debe ser olvidar el pasado, sino construir una historia justa. Que la justicia sea para los Trujillo como para las víctimas. La familia cercana de los Trujillo ha sido exiliada, pero los trujillistas de adentro siguen por sus fueros manipulando el presente y escondiendo los crímenes del pasado.

La memoria dominicana ha sido secuestrada. Cuando Trujillo trató de comprar a Américo Lugo recibió la respuesta más contundente que dictador alguno haya recibido en nuestro país. Hoy se busca revisar los textos de la nueva historia en el Palacio. Historiadores como Hugo Tolentino Dipp y Franklin Franco Polanco no se han dejado someter al revisor de la calle doctor Báez.

Sabe muy bien el Secretario del secuestro de la memoria y de los planes de Angelita y su entorno. Porque Angelita no está sola. Angelita está como siempre en el gobierno a través de sus acólitos que entraron el Pacto Patriótico. Todo eso lo sabe el Secretario pero les sirve, porque como él ha dicho: Trujillo tenía una imagen que conquistaba a los hombres y a las mujeres. Pero no sea ingenuo, Secretario, no era su figura la que avasallaba, sino la del poder, la del poder absoluto al que Ud. hoy le hace reverencia. No diga, en forma consolatoria, que la democracia dominicana tiene defectos. Dígame que tiene gente que se vende al mejor postor y funcionarios que comparan voluntades como quieren, tanto bajo Trujillo como bajo Leonel Fernández.


¿No esa la razón de cierta permanencia en cargos públicos?


Por lo demás, amigo lector, me mueve ver la figura impotente de una familiar de un héroe nuestro como el historiador Cordero Michel, cuyo hermano, José Cordero Michel
, uno de los jóvenes estudiosos más brillantes fue asesinado por la dictadura, en un estado de indefensión y de asco frente al contubernio de los gobernantes con un pasado ominoso.

Entiendo que la juventud de la libertad que arropó las calles luego de la caída de Trujillo, debe pasar balance de sus ejecutorias y del país que dejará a sus nietos. ¿Será su recuento tan amargo como la desesperanza que vivieron los jóvenes que buscaban un rumbo cierto a la nave nacional después de la muerte de Ulises Heureaux y la ocupación estadounidense de 1916? No es, en definitiva, la pobre Angelita, con sus escasas luces, la que debe pensar la dominicanidad ni el pasado, ni el presente dominicanos. Pero no tapemos el sol con los dedos ni dejemos de llamar las cosas por su nombre.

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sábado, 17 de octubre de 2009

La verdadera patria....

Miguel Ángel Fornerín: La verdadera patria de un escritor es la lengua en la que vive, habita, escribe y sueña…

Con esto nos quitamos de encima los alardes literarios de personas que se dicen escritores o que aparecen en las listas como intelectuales…

Por Miguel Fontana Moncada | © mediaIsla

De una isla a otra isla, además del Canal de la Mona, hay cientos de miles de historias por contar, no importa que en castellano la "H" sea muda; los tiburones, no. Ese Caribe, lleno de contrastes y contradicciones, con sus migraciones, sus trapiches, sus negros, sus mulatos y su muy particular manera de hacer vibrar a todo tren los cueros, se cruza y se entrecruza en muchos puntos donde lo real, lo soñado o lo real deseado pierden sus verdaderos nombres. Miguel Ángel Fornerín no ha tenido que ir muy lejos para hurgar y desentrañar, como él dice, en la República de las letras de dominicanos y puertorriqueños, en las historias de los narradores tal vez todo lo que no quieren o no pueden decir los cronistas de la Historia, la oficial y la otra.

En sus libros Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la generación del setena (2009) y El cuento dominicano y la generación del ochenta (2009), el autor dialoga, indaga y realiza un estudio pormenorizado del entroncamiento entre el discurso ficticio y el histórico en los textos narrativos de los más destacados autores de la generación del setenta en Puerto Rico. De Igual modo, en el segundo, desempolva y escudriña en las bibliotecas internacionales sobre la prehistoria de la narrativa breve de la República Dominicana, a la vez que esboza una interesante panorámica sobre la más joven cuentística que se escribe en la patria de Bosch.

Miguel Ángel Fornerín básico | Higüey, RD

Doctor en Literatura de Puerto Rico y el Caribe. Profesor de la Universidad de Puerto Rico en Cayey y del Centro de Estudios Avanzados de puerto Rico y el Caribe. Ha sido profesor invitado de la Universidad Michel Montaigne, Bordeaux 3 y de la Universidad de Poitiers, Francia en 2003 y 2007. Premio de Ensayo Pedro Henríquez Ureña con su obra inédita La escritura de Pedro Mir en 1995. Ha publicado libros de poesía, ensayo y crítica literaria. http://fornerin. blogspot. com

—Llevas un buen tiempo dedicado al estudio y a la enseñanza de literatura caribeña en Cayey para la Universidad de Puerto Rico y, precisamente, en tu libro más reciente Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la generación del setenta (Centro de Estudios Avanzados/Imago Mundi, 2009), exploras una nueva arista de la literatura puertorriqueñ a, ¿cuáles son los parámetros de los cuales partes y cuáles los autores que te sirven de modelo para el análisis?

—Este libro es producto, en primer lugar, de las discusiones filosóficas sobre la Historia que aparecen luego de la caída del Muro de Berlín. Todas esas ideas del fin de la Historia y el fin de la Modernidad dejaron un amplio debate, que siempre quise llevar a mi lado: la Historia y la literatura. En segundo lugar, tiene que ver con mi estudio de la obra literaria de Pedro Mir que realicé a principios de los noventa. En el marco antes descrito, me era imperativo profundizar en la relación de la Historia y la literatura porque estaba estudiando a un autor que era literato e historiador, no sólo el historiador de Tres leyendas de Colores, El gran incendio y La historia del hambre en la República Dominicana, sino el autor de un libro teórico sobre la historia: La noción de periodo en la historia dominicana. Por otro lado, y finalmente, en Puerto Rico ha habido un debate sobre la memoria (La memoria rota (1993) de Arcadio Díaz Quiñones) y la escritura de la Historia, que me ayudaron a buscar una manera de estudiar estos problemas.

El itinerario de estos estudios sobre el tema es amplio y tiene varios autores en los que me empino para alcanzar las metas que me propuse. Finalmente, la hermenéutica ontológica y fenomenológica de Paul Ricoeur me ayudó a llegar al puerto deseado, que es este libro anclado en la periferia de una cultura. Y digo periferia porque soy un pensador limítrofe de la puertorriqueñidad y los ecos que logre este libro servirán para aquilatar la importancia de mi esfuerzo.

—¿La historia, como disciplina, es un tema o clave inherente a la generación del setenta o ha estado presente en generaciones anteriores? ¿Nombres, elementos de transición?

—La Historia tiene su disciplina de estudio que es la historiografía. Un saber que Croce desarrolló en Italia y que en Alemania fue fundado Leopold Von Ranke y siguen Spengler...la escuela de Baden y de Frankfurt, etc. En Puerto Rico la disciplina de la Historia, el interés historiador, es de los románticos como Alejandro Tapia y Rivera, y seguirá con la historia positivista… Lo que me ha parecido interesante es el movimiento de la Nueva Historia de los años sesenta y el entrecruzamiento del texto de ficción con el texto histórico. Las discusiones dentro del campo de la Historia las conozco porque he estado en las controversias de los historiadores en Puerto Rico en las últimas dos décadas y he asistido como fundador y ponente a distintas reuniones de la Asociación Puertorriqueñ a de Historiadores.

En mi libro planteo la permanencia del historicismo como cosmovisión en la cultura puertorriqueña y el interés de la Generación del Setenta en estos temas. Una de las figuras más importantes en ese esfuerzo por reformular, pensar y rescribir el pasado, es José Luis González, autor de las novelas La llegada (1980) y Balada de otro tiempo (1978); pero anterior a él, Luis Hernández Aquino, había escrito La Muerte anduvo por el Guasio (1959) y existía la preocupación historicista. Ahora bien, lo que planteo es la dedicación muy especial de esta generación a entrecruzar los textos de ficción con un referente histórico que busca repensar el presente puertorriqueño. Los nombres son muchos, en el libro trabajo a Edgardo Rodríguez Juliá, que es el fundador en la novelística de esa época con La renuncia del héroe Baltarsar (1974), Tomás López Ramírez que lo atisbaba en Cordial magia enemiga (1970), Ana Lydia Vega y Magali García Ramis en Falsas crónicas del sur (1991) y Las horas del sur (2005) respectivamente. Y claro quedaron fuera por razones de espacio otros autores como Olga Nolla en El castillo de la memoria (1996) y Rosario Ferré en Maldito amor (1989).

Me interesó un tema colindante, la familia como metáfora de la nación; tema que inicia Magali García Ramis en su libro de cuentos La familia de todos nosotros (1978), lo sigue Edgardo Rodríguez Juliá con Puertorriqueñ os: álbum de la sagrada familia puertorriqueñ a a partir del 1898 (1989) y Tomás López Ramírez, con Paraje de transito (1997). Creo en fin, que la dedicación de esta generación a pensar el pasado se da como una forma de comprensión del presente. De ahí que coincida con Croce en que la Historia es una manera de pensar, de pensar nuestra relación con el tiempo o nuestra historicidad.

—¿Dónde se encuentran y se distancian ambos discursos –la historia de ficción y la Historia como tal?

—La historia y la ficción son dos discursos lingüísticos (es decir que sólo se dan en lo que llamaba Gadamer la linguisticidad) . Lo que ocurre es que la Historia como práctica de los historiadores tiene una especificidad distinta a la de los creadores literarios. Y esas estrategias discursivas son las que he revelado en este libro, pienso en el ensayo dedicado al libro de Luis López Nieves La verdadera muerte de Ponce de León (2000). Si distinguimos, entonces, la relación especifica de cada género, podemos pensar la ficción como mímesis creativa y la Historia como mímesis del pasado, que busca ser un discurso verdadero y legitimado por el documento. Lo que planteo, siguiendo a Ricoeur, es que los relatos se encuentran y buscan la especificidad de ese encuentro en cada texto. Lo que nos aleja de postular la ficción como mentira y la Historia como verdad.

—Además del cuento y la novela, ¿cuáles otras modalidades de la literatura entran en el estudio?

—Con esta obra trato de hacer un estudio narratológico, que no está limitado a géneros específicos, sino a aquellos donde se relata una historia (story), pero podría trabajar con la Historia (history). Me interesó la relación de la Historia con la crónica; el cuento y la novela predominan en esta relación. En cuanto a la relación historia-crónica nos interesa la forma en que nos aproximamos al pasado. Un discurso pretende ser objetivo, como el de la Historia y otro pretende ser mixto entre lo literario y la ficción. Uno busca la historia en el pasado y otro la trabaja desde el presente. En la Historia, el historiador que realiza la configuración busca desaparecer a favor de la objetividad, pero en la crónica, es el protagonista, el punto de donde se focaliza. Me parece interesante el intento de estudiar la crónica con la fotografía, lo que ocurre en el capítulo dedicado a Puertorriqueños: Álbum de la sagrada familia… de Edgardo Rodríguez Juliá. También trabajo la crónica en los cuentos de Ana Lydia Vega, el choteo y la caribeñidad en su obra. Como la emigración y la familia en Paraje de tránsito de López Ramírez y en Las horas del sur de García Ramis.

—Eres dominicano, con más de 20 años de residir y ejercer docencia en Puerto Rico, pero siempre has mantenido un sólido nexo con la cultura y la literatura dominicana. Este mismo año, acaba de salir tu libro El cuento dominicano y la generación del ochenta (Imago Mundi, 2009), ¿qué aspecto específico de la narrativa dominicana y una de las más jóvenes generaciones de narradores dominicanos estudias en este libro?

—Sobre lo primero te diré que vivo en Puerto Rico, pero mi escritura tiene como objetivo el estudio de la literatura de ambos países. La diferencia es que mis vivencias, mis prácticas cotidianas se encuentran de este lado. Pero vivo en la república dominicana de las letras. En el pensar lo dominicano, como lo hago con lo puertorriqueño. Soy profesor de literatura dominicana y puertorriqueña en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe y todo eso me permite pensar la patria lejana y vivir en esta otra patria, donde algunos me niegan ciudadanía y muchos me aprecian. Aprecian lo que hago. En medio de todo esto, está la maldición de la nación, cuando fue definida desde una perspectiva territorial y lingüística. Estoy consciente de que la verdadera patria de un escritor es la lengua en la que vive, habita, escribe y sueña con un porvenir mejor para sus semejantes.

El libro El cuento dominicano y la generación del setenta (2009) es un proyecto de estudio sobre la narrativa breve en Santo Domingo. Creí necesario poner en blanco y negro esa práctica de la escritura, al no encontrar en la bibliografía dominicana un estudio que planteara el desarrollo del cuento dominicano; quehacer que había dado figuras de la talla de un Juan Bosch, quien plantea la modernidad del cuento en Camino real (1933), a un Fabio Fiallo, principal figura del cuento Modernista Cuentos frágiles (1908) y a Virginia Elena Ortea, Risas y lágrimas (1903). Era un imperativo hacerme una idea de ese desarrollo y de las tendencias del cuento dominicano en el siglo XX. Por eso realicé esta investigación. No está terminada, pero le da una ojeada general al problema. Sin embargo, trabajo de forma más detenida el grupo de escritores del ochenta, en el que se destaca la cuentística de René Rodríguez Soriano

El libro tiene una primicia: el primer estudio de Los cuentos que Nueva York no sabe (1949) de Ángel Rafael Lamarche, un libro que funda la literatura dominicana en el extranjero, desde la perspectiva de la generación del cuarenta: el Universalismo. Obra que pone en el centro de sus preocupaciones la relación del hombre con la cosmópolis. Allí se encuentra el primer cuento policial y de ciencia ficción que conocemos en la narrativa dominicana. Es un libro desconocido para la mayoría de los lectores y estudiosos dominicanos y un iniciador de nuevos caminos par la narrativa del país.

También aparece en este ensayo una lectura de El candado (1959) de Sanz Lajara visto de desde la hipótesis de que esta obra participa de la revaluación del negro, que plantea de los problemas de la negritud. Interesante la narrativa de Sanz Lajara en la medida en que afloran en ella los problemas de grupos subalternos signados pos su condición racial como los indios hispanoamericanos y el negro. No dejo apuntar la importancia que le da este autor al tema del poder.

—¿Cuáles aspectos y rasgos caracterizan y diferencian a esa generación del ochenta, de narradores de las anteriores? ¿Crees que mantienen nexos con los maestros del género en la isla o han roto totalmente con la tradición?

—Cuando estudiamos textos de autores que aún escriben, es muy difícil realizar afirmaciones definitivas. Así que veo este libro como el estudio de una literatura en movimiento. Y específicamente a la generación del ochenta como un grupo que va decantándose más allá de sus pretensiones juveniles. Son las obras las que hacen al escritor. No los alardes narcisistas o los discursos de de su época. Del Ochenta conocemos a mucha gente que ha escrito libros de cuentos, pero pocos se han dedicado con tesón a ese género y han logrado una individualidad creativa, como René Rodríguez Soriano. Se dice que una paloma no hace verano. Pero los cambios más significativos en el narrar, las distintas estrategias narrativas que se usan, el lenguaje como creación poética y la forja de un microcosmos particular está en su obra. Hablo de muchos otros autores, como Ramón Tejada Holguín, Ángela Hernández, Manuel García Cartagena, entre otros. Pero viendo el asunto desde la presencia de un corpus que nos permita estudiar una literatura sólida, no creo que se pueda ir más allá. Pasa lo mismo con la generación anterior: Peix, José Alcántara Almánzar y Armando Almánzar Rodríguez, son los que más se han dedicado al relato breve. Los demás pueden haber escrito obras admirables como Diógenes Valdez, Manuel Rueda, Efraím Castillo, Roberto Marcallé Abreú… Hay muchos narradores que escriben cuentos, ahora bien, lo importante es encontrar a un narrador que haya trabajado con dedicación este género y plantee una ruptura. Veo en los del setenta una transición, una ruptura con el cuento de Bosch, una influencia del Boom en Virgilio Díaz Grullón, René del Risco, Miguel Alfonseca, Marcio Veloz, Pedro Peix y Alcántara Almánzar. Pero hay mucho que estudiar, entre ruptura y tradición en esta época. La ruptura la veo más clara en René Rodríguez Soriano, en los ochenta.

—¿Crees que existe verdaderamente una literatura dominicana escrita fuera de los límites geográficos de la isla? ¿Nombres u obras que pudieran darnos pistas sobre el trabajo de los escritores dominicanos de ultramar?

—Interesante pregunta, tal y como se plantea, el asunto nos lleva a decir que siempre la literatura dominicano ha tenido exponentes en ultramar. Empezando por los del Monte, (Francisco Muñoz del Monte y Félix María), que vivieron en Cuba y Puerto Rico; José Ramón López, que vivió en Caracas y Mayagüez; Francisco Carlos y Virgina Elena Ortea, quienes también vivieron en Mayagüez; Jesusa y Manuel de Jesús Galván, quienes vivieron en San Juan de Puerto Rico y Nueva York; Juan Bosch, que publicó cuentos en Cuba y Chile, y ensayos en Venezuela y Puerto Rico. A lo que debo agregar el trabajo de Pedro Henríquez Ureña en México, Fernández Spencer en España y Manuel del Cabral en Argentina…en fin, siempre hemos tenido una literatura dominicana en ultramar. Pero sé que de lo que me preguntas es de la llamada diáspora de la literatura dominicana. Estos no son escritores exiliados, que por razones políticas viven en el extranjero. Son personas que han nacido o que han emigrado muy temprano en su vida a Estados Unidos y otros países.

Lo primero que creo pertinente es aclarar que, teniendo en cuenta la presencia de una cultura híbrida, los más connotados de esos escritores ponen en jaque la noción de literatura nacional, en la medida en que lo nacional estaba definido a partir de la lengua. Ahora tenemos una literatura dominicana escrita en inglés, es decir, hay una dominicanidad híbrida que se expresa en la lengua sajona y que los nacionales sólo pueden disfrutar a través de la mediación de un traductor. Es la literatura de Junot Díaz, Julia Álvarez, Nelly Rosario y demás; una literatura de anticipación. Como existe en estos textos una ruptura con la literatura nacional en español, mucha gente dice que esos no son escritores dominicanos. Pero creo que se equivocan. Su dominicanidad es controversial y lo que debemos entonces, pensar es que la dominicanidad ha cambiado tanto dentro como fuera. Somos una cultura híbrida fluida. Dentro, una cultura que convive con la haitiana y fuera, con la experiencia de las emigraciones. Creo que ahí residen las discusiones de los artículos de la Constitución sobre la nacionalidad y el voto en el exterior. Lo de fuera, unas veces, se deja afuera y cuando conviene, se le integra. Es un discurso de poder, que aleja o acerca a esa dominicanidad viajera.

Otra cosa muy distinta, es preguntar por la existencia de una literatura dominicana en el extranjero. Es problemático desde una epistemología literaria, en la medida en que existen textos y discursos, pero esta literatura está en movimiento y no podemos hacernos una idea muy clara de ella. Se está haciendo; es muy reciente. Y creo que con esto nos quitamos de encima los alardes literarios de personas que se dicen escritores o que aparecen en las listas como intelectuales, etc. Quisiéramos leer sus obras, no los discursos sobre ellas. Son pocos los escritores que viven fuera de los que podamos hacernos una idea clara de su trabajo, si dejamos a Eugenio García Cuevas, Néstor Rodríguez, que han realizado un trabajo en la crítica literaria y cultural y uno que otro que han publicado un par de libros. Creo que tienen mucho camino por recorrer.

—¿Y la crítica, cuál es el criterio de la crítica literaria dominicana con relación a los escritores que no residen en la Patria?

—No creo que la crítica literaria dominicana se haya interesado por esta materia. Al menos, Giovanni Di Pietro que ha escrito un libro sobre Julia Álvarez (La dominicanidad de Julia Álvarez, 2002) y varios ensayos sobre Junot Díaz, a los cuales remito al lector interesado. Pero ni Diógenes Céspedes, Bruno Rosario Candelier, Manuel Matos Moquete, Manuel Núñez ni Odalís G. Pérez. Han tratado este tema. Me faltaría hablar de Franklin Gutiérrez y Daysi Cocco De Filippis, que son los críticos que viven en Nueva York. Luego tenemos discursos de gente que reseñan libros o realizan estudios culturales. Pero no hay una crítica literaria dominicana que haya trabajado el fenómeno de la literatura híbrida y a los escritores que no viven en el patio. ¿Y por qué? Porque lo que hacemos fuera no cambia la cultura dominicana. No la pone en juego. El que intentó revolverla fue Silvio Torres Saillant, pero sucumbió postrado frente al presidente Fernández y una medallita de patriota.

No hay un trabajo epistemológico sobre la dominicanidad desde afuera, que pueda cambiar el hecho de que el centro se considere origen de los discursos de la dominicanidad. Primero, porque es una opción de poder, mientras Santo Domingo sea la ciudad letrada, ella construirá y reinventará el deseo de comunidad. Y los discursos tienen un valor político. Nueva York no podrá imponer su discurso. Lo de Silvio fue un alarde. Alarde que se pude ver como un gesto valeroso; pero sucumbió ante los poderes que dominan la construcción discursiva de lo dominicano. En fin, que lo que se hace con los que se fueron es olvidarlos. Es algo desgraciado, pero es una verdad. La visita de uno de "la diáspora", la puesta en circulación de uno de sus libros o la participación en una Feria del libro, es el encuentro de Narciso con su trasero. Un espacio sólo retomado cuando nos conviene y les conviene a los poderes discursivos. Los de afuera están fuera.

—¿Consideras que la crítica literaria dominicana actual cumple realmente con lo que decía Martí del "ejercicio de criterio"? ¿Interpreta y juzga o simplemente está dividida en grupos que se autodefienden y contraatacan cada vez que sienten lesionados sus epidermis o intereses?

—La crítica literaria dominicana se reduce a unos cuantos nombres. Y a una historia de grandes logros. Debo decirte que esta actividad la fundaron Max y Pedro Henríquez Ureña. Que la dictadura de Trujillo limitó el ejercicio crítico a las obras de Balaguer, una historia literaria positivista y un recuento de libros y autores hasta llegar a Fernández Spencer. De ahí en adelante, el trabajo lo han realizado el grupo que he mencionado más arriba y unos cuantos que ahora nos dedicamos a valorar los textos literarios. Pero debemos significar que existen los críticos literarios y los críticos culturales. Algunos hacen los dos tipos de críticas. Pero la literaria se ejerce menos que la crítica cultural, a menos que no sea en tesis realizadas en el extranjero. Creo que si hablamos de crítica nos referimos a ejercicio de criterio, a un pensamiento sobre lo literario como manifestación de la cultura dominicana. Ahora bien, hay otro grupo de gente que escribe crítica, sobre todo para saludar la aparición de un libro. Pero no hace crítica trascendental. ¿A qué llamo crítica trascendental? A la que dialoga con el sistema de representació n literaria y con el sistema de la cultura. Aquella que se empina en las tradiciones de la crítica. Para nosotros la tradición hispánica se echa de ver en Fernández Spencer y Bruno Rosario Candelier; la tradición francesa, en Diógenes Céspedes, Manuel Matos Moquete y Manuel Núñez, y la norteamericana en los críticos que han estudiado en Estados Unidos. Una crítica no es una actividad en sí mima; es un acto de pensamiento que toma la literatura como medio y se afianza en la cultura, la historia y los discursos de la época y contra ellos.

Falta la crítica de ocasión, la que generalmente encontramos en los periódicos y puede ser una crítica de capilla, de grupos. La otra, por su carácter científico, debe ser inclusiva. Aunque tiene sus limitaciones, es una crítica que establece su marco de acción. Sus propios límites.

—Y la poesía, ¿ha secuestrado el crítico al poeta de los libros iniciales o podemos esperar en un futuro nuevas incursiones en los ámbitos del poema?

—La crítica y la poesía son dos actividades muy distintas. Y si le agregas a eso, ser profesor universitario y la participación en coloquios, conferencias y seminarios, da como resultado que sólo se vea lo que hacemos en el campo de la crítica. Sigo escribiendo poesía aunque no con la constancia que quiero. Me acostumbré a escribir libros de poesía, no poemas sueltos. Lo que complica las cosas. Necesito hacer un plan ara escribir poemas. Planificar un libro de poemas donde quiero un lenguaje, un tema… algo distinto a lo que he realzado anteriormente. No me gusta repetirme. Aunque es bueno decir, que siempre escribimos una parte del gran poema que es nuestra vida. Pienso muchas veces: "ahora dejo un poco la crítica y me dedico a la poesía". Otras veces, me digo: "tal vez cuando sea viejo, volveré a ser el poeta que fui en mis años mozos". No sé; pero la poesía vive en mí. Tengo constancia que las habilidades de poeta las tengo. El tiempo dirá cuando sorprendo a los amigos con otro poemario.

—¿En cuáles otros proyectos, además de la enseñanza y el estudio de la cultura y la literatura del Caribe anda Miguel Ángel Fornerín?

—Estoy escribiendo ensayos y ponencias para varios eventos que se organizan en este año. Pero lo que más me interesa es difundir el libro Entrecruzamiento de la Historia y la literatura en la generación del 70. Ya se ha presentado en Cayey, Ponce y San Juan. La próxima parada será en Mayagüez, el 22 de octubre (lo presentarán el historiador Carlos Hernández y el crítico Mario Cancel) y el 14 de noviembre en La Tertulia de Río Piedras (lo presentarán Eugenio García Cuevas y Andrés L. Mateo). El año próximo estaremos en la Universidad de Puerto Rico en Carolina y terminaremos con un coloquio en Cayey. Me quedan el libro sobre el cuento y tengo en prensa Andrés L. Mateo la aventura espiritual de la dominicanidad que aparece en este mes. Luego me embarcaré en un libro sobre la ensayística dominicana y otro sobre narrativa hispanoamericana, que ya tengo comenzado. No creo que tenga tiempo para algo más, pero iré a ver el mar.